Acortamos el invierno con una escapada a ISLA MARGARITA

Anochecía en Buenos Aires y Ezeiza nos recibía desbordado de gente. Migraciones nos esperaba con una fila que parecía infinita y nosotros, para variar, con el tiempo justo y con un viaje de varias escalas por delante. Definitivamente, no era un buen comienzo perder el primer eslabón de la cadena de vuelos.

Por suerte, y con algunas corridas en el medio, llegamos a Caracas, después de haber pasado por San Pablo y Bogotá. Esperamos unas horas y nos subimos a un avión un tanto antiguo y, tras una pequeña discusión por no tener lugar para mi equipaje de mano despegamos hacia Isla Margarita.

Media hora después de viajar sobre un mar calmo llegamos a la famosa Isla del windsurf, donde una camioneta que nos llevaría hacia el hotel, a 10 minutos del aeropuerto. Era el comienzo de 15 días a puro viento, sol, playa, windsurf y ron.

El tiempo no ayudaba. Llegamos al hotel SURF PARADISE con una lluvia torrencial, todo el equipaje mojado y nos encontramos con la otra mitad de nuestro grupo que había llegado un día antes. Así empezamos nuestro viaje: cansados, mojados y algunos, como yo, de mal humor.

Pero la lluvia duró poco y unas horas después nos despertamos con un espectacular día de playa- con poco viento- pero ideal para los alumnos que querían tomar confianza en un nuevo spot y sobre todo sacarse el miedo al mar.

Las condiciones eran realmente buenas: hotel a 20 metros de la playa, habitaciones súper cómodas, tv, aire y, lo más importante, buena onda.

En lo que respecta al windsurf: agua muy plana, calentita y yo, que mido 1.80 metros, hacía pie hasta unos 300 metros de la costa. El agua nos dejaba ver hacia abajo –parecido a lo que nos pasa el río- y casi no hay corriente.

La seguridad en ese sentido no nos preocupa y los alumnos se empiezan a animar a hacer unos bordes más largos, hasta donde empieza el color azul profundo, donde ya no hago pie y no sabemos que hay debajo ni queremos averiguarlo.

Los alumnos se divirtieron y avanzaron. Tuvimos condiciones de viento flojo y viento medio que los puso contentos. Mientras que Facu (mi hermano), Jero (amigo y director de la escuela de Peru Beach) y yo nos lamentábamos, queríamos usar velas y tablas chicas.

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Al llegar la noche no teníamos ese cansancio lindo de haber navegado a full todo el día, asique decidimos ir a comer a SHARKS, un bar sobre la playa que sirve unos pescados con mucha pinta, pero que también tiene hamburguesas y hasta milanesas de pollo; hay para todos los gustos y los precios son muy buenos.

Después de la cena y con algunas cervecitas encima, nos vamos hacia el hotel con algunas botellas de ron y Coca para disfrutar en una hermosa terraza sobre el mar con los dos grupos de EL OMBU Y PERU BEACH sentados en rondas. Pasamos muy buenos momentos de charlas a veces subidas de tono y otras animadas por BRUNASKI, un kitesurfer local, con muchas historias para contar y una particular forma de hacerlo que, sin darnos cuenta, nos dejaba a los 14 callados tomando nuestros cubatas y mirándolo atentamente.

Terminamos bailando bajo una llovizna en el barcito de "su" sobre la playa del hotel con música a full hasta altas horas de la madrugada.

Siguiendo un poco con la playa que es lo que nos trajo, continuaron hermosos días con vientos medios, para 5.5 /6 metros de vela y 100 lts de tabla de windsurf y para kite entre 10 y 12 mts de vela. El lugar está dividido en zonas de windsurf y de kite y cuando los kiters se meten en donde no es su zona los chicos locales se encargan de avisarles que no pueden estar ahí; así que es bueno averiguar bien cada zona antes de entrar al agua.

Unos días después de haber llegado comienza el show en el agua, llegan Ricardo Campello, Gollito Estredo y Davis que nos deleitaron la mirada mientras comíamos en Sharks el almuerzo. Se escuchaban los "UUHHHH", "NNNAAAAAAAA!" , "qué hdp!". Es ahí donde todos nos damos cuenta de cuento nos falta.

Tras varios días de navegada tenemos la primera baja en el grupo. Uno de los alumnos, Christian, quedó en la cama súper descompuesto después de haber tomado agua o comido algo raro, con erupciones en la piel y un dolor de cabeza que no le dejaba abrir los ojos. Con la visita de un médico y gracias a unas pastillas, unas ampollas y una larga siesta contamos nuevamente con su presencia en el desayuno. Con pocas fuerzas pero sin ganas de perderse de nada, Christian volvió al agua y hasta se tiró unos bordes.

El pronóstico nos avisa que no vamos a poder meter nuestras tablas en el agua al día siguiente, entonces el Pana, un venezolano (amigo y compañero de alojamiento en mi estadía en Tarifa, España) nos contacta con una empresa para ir a bucear al otro día. Más tarde nos damos cuenta que la decisión había sido la correcta y esa experiencia se convertiría en una de las más enriquecedoras del viaje.
La odisea del buceo nos sacó de la cama más temprano que nunca en todo el viaje y, después de un rico desayuno en el Surf Paradise, una camioneta nos llevó hacia unas playas hermosas en otro lado de la isla. Llegamos a una bahía donde hay muchas lanchas y nos guían hacía la que nos llevaría a otra isla llamada Los Frailes. Desembarcamos en el agua más transparente que había visto en mi vida y nos llevaron a una casita a orillas del mar de esta pequeña isla deshabitada y paradisíaca.

Ahí nos recibían un par de lugareños. Uno de ellos empezaba a preparar nuestro almuerzo, mientras que el otro nos acompañará a bucear.

Mientras el cocinero le saca la piel al pollo, lo rodean unos 10 o 15 pelicanos con sus grandes papadas y otras aves sobrevuelan a baja altura sobre nosotros. A los pocos segundos entiendo por qué: él está dando el desayuno, la piel que saca del pollo; se la da con la mano y los pelicanos de un picotazo se lo sacan.

Me costó unos minutos animarme pero, finalmente, puse un poco de pollo en mi mano y el pelicano con su pico largo me lo sacó sin hacerme doler. De pronto el cocinero empezó a tirar trozos al aire y unos pájaros blancos los agarraban en pleno vuelo.

Después de ver el show nos dan una charla con lo básico que hay que saber del buceo y nos volvemos a subir a la lancha.

Vamos a otro sector de la isla donde el agua está muy calma, nos ponen los tubos, la máscara, las patas y nos tiran al agua.

Tras unos segundos nos dan la orden de desinflar los chalecos para empezar a descender. En cuanto empiezo a bajar, me olvido de todo lo que me habían dicho en la charla que habíamos recibido un ratito antes y hago todo lo contrario. Respiro por donde puedo y empiezo a sentir la necesidad de salir a la superficie, pero no me lo permito y me intento relaJar, miro el fondo y me concentro solo en respirar por la boca. De a poco la primera sensación de querer subir desaparece y empiezo a disfrutar la situación, veo los primeros peces.

Después de nadar un rato y cuando todo el grupo se pudo sumergir sin problemas volvemos a la lancha que nos lleva a la islita donde nos esperan con pollo y pescado frito para almorzar en unas mesas con una vista que difícilmente pueda olvidar.

Después de la sobremesa nos vamos a sumergir nuevamente, esta vez un poco más profundo y con más vida acuática donde vimos peces de colores de esos que aparecen en las películas animadas. La estábamos pasando tan bien que cuando los instructores nos dicen de subir a la lancha todos queríamos ser el último en dejar el agua.

Una vez arriba de la lancha y en camino hacia la Isla Margarita nos agasajan con una heladera llena de cervezas y un atardecer hermoso para despedir nuestro día de buceo. No es una excursión muy cara y si alguno tiene la posibilidad de hacerlo se lo aconsejo, no lo duden se paga sola.

Así vamos llegando al final del viaje en grupo, los alumnos vuelven a Buenos Aires y con Facu y Jero aprovechamos para quedarnos una semana más de vacaciones, en la cual tuvimos un día donde sopló al menos un par de horas el viento que esperábamos, para 4.7 y 85 lts. El resto de los días siguió regalándonos navegadas más tranquilas como en los primeros días.

Conocimos gente muy buena onda y, con Facu y Jero ,no nos equivocamos para nada con la idea de unir las dos escuelas de windsurf para hacer el viaje, a pesar de que la gente no se conocía entre sí, todos tenian súper buena onda y estaban dispuestos a pasarla bien, sople o no, día y noche.

Estoy muy contento por la experiencia y la posibilidad de compartirla con mis alumnos, mi hermano y Jero un gran amigo que me regaló el río.

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